lunes, 2 de febrero de 2009

Tú.

Porque voy sola, puedo ir muchísimo más rápido; pensaba yo, idiota.
Pero llegó el día en que te asomaste. Tú.

Tú y todo lo demás y por eso mismo tú y nadie más. Envueltas en este mar y la electricidad que electrocuta a las mujeres como tú y ninguna más, viven tus extrañas bifurcaciones. Tú.

Superada tienes ya, la timidez. Hablas claro y miras a los ojos, pero no has perdido todas las señas. Sabes amar como nadie. Y así como solo tu puedes, me enloqueces completa. Tú.

De alguna manera telepática quisiera devorarte entera. Tu cabeza, tus tobillos y tus hombros, como si fueran galletas de coco y avena. Quisiera siempre despertarme enredada en tus piernas, en tus dedos, en tu aroma, en tus pecas. Mancharme entera de ti. Tú.

De algún modo he logrado convencerte de tenerte muy cerca. Aquí. Donde puedo oler tus axilas suaves, explorar tus ingles bronceadas y tocar tus pezones tiernos. Donde puedo besar con besos pequeños y dulces los lados de tu boca triste que es una luna curva y voluptuosa vuelta hacia abajo. Tú.

Tú y todo lo demás y por eso mismo tú y nadie más.

Hace tiempo que nunca

No voy a ver lo que hago mientras lo hago, por minuciosa que sea, y no voy a sentir el curso que siento cuando lo siento. Y si de este modo logro extraviar algo de esto, pues será mejor.

Quiero aligerar mi mochila. Quiero construir una alameda transitada por mariposas perfumadas. Veo en mis manos como dos manos inmensas y quisiera ser aquello constante, aquello que no se pierde por lo menos algunos meses.

Salir en las mañanas a correr por las calles que más me gusten. Como un sudor agrio que limpie mis poros escurrirme y que unas zapatillas nuevas arrullen mis pies como si los hundiera en una gelatina tibia de color mermelada.

Esta noche los fuegos han cruzado mi línea mortal del equilibrio.