Me fui quedando poco a poco sin nada. Primero sin dignidad, más tarde sin esperanza. Y fue delicioso.
Paralelamente crecía un humor en mí cuando moría mi alma. Era una mujer tranquila.
Viví seis años y al cabo de ellos me sentí la misma. No había pasado más que seis años. No era un logro y eso estaba bien.
En ocasiones hallaba mis bolsillos vacíos y en otras mis medias eran perfectas.
Eventualmente pensaba en una muerte bella, mucho más que en un hombre bello, o tan bello como ella. Mis zapatos se gastaban rápido; reconocía, como un esquimal azuzado, los múltiples tonos del asfalto. Era contenta.
En una tarde podía lanzar múltiples mentiras, pero una serie creciente de 20 o 30 noches cambiaron todo. Y cuando todo llegó, yo estaba brillante y educada.
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