sábado, 8 de noviembre de 2008

caminando

Hoy, como nunca, sali de la oficina a almorzar y no tenia que demonios hacer. Nada. El libro de mi cartera lo habia terminado de leer por la mañana, decidi caminar, y solo caminar. Pase por el Puente Villena, y me imagine como me suicidaria. Definitivamte me tiraría de lo más alto que pueda una avioneta sin paracaídas. Suena ligero pero podria dar una lista de 100 razones perfectamente válidas. Otro día sera. Llegue a barranco con sus parques y sus especímenes. Después, más allá, me detuve a observar la carretilla de un heladero. Le compré un chocolate princesa. Mientras me la comía y cruzaba las calles cada vez más lejos de la oficina, tuve la certeza de una excepción: en todo manjar simple de la niñez encuentro una dicha que no es presente, sino pasada.

Ella lo hizo todo, y más.

Me fui quedando poco a poco sin nada. Primero sin dignidad, más tarde sin esperanza. Y fue delicioso.
Paralelamente crecía un humor en mí cuando moría mi alma. Era una mujer tranquila.
Viví seis años y al cabo de ellos me sentí la misma. No había pasado más que seis años. No era un logro y eso estaba bien.
En ocasiones hallaba mis bolsillos vacíos y en otras mis medias eran perfectas.
Eventualmente pensaba en una muerte bella, mucho más que en un hombre bello, o tan bello como ella. Mis zapatos se gastaban rápido; reconocía, como un esquimal azuzado, los múltiples tonos del asfalto. Era contenta.
En una tarde podía lanzar múltiples mentiras, pero una serie creciente de 20 o 30 noches cambiaron todo. Y cuando todo llegó, yo estaba brillante y educada.

Se ha añadido su imagen.



Muy a mi pesar, paso a diario en frente de este panel. A diario pienso exactamente lo mismo: “– Cojuda –”.
Estoy por postular a redactora creativa del jockey plaza.

Aviones nocturnos

La biblia es el libro más largo del mundo, me había dicho Nicole. Y yo me cagué de risa en su cara. Nicole es creyente y sobre todo cándida. Luego le di algunos ejemplos especialmente exagerados. Los miserables, le dije. Los hermanos Karamazov, le dije.


Me ha parecido que solemos guardar dentro de nosotros pequeñas imágenes fundamentales que no cuestionamos. O bien por miedo o porque son en apariencia tan intrascendentes, no las tocamos. Esporádicamente surgen y nos hacen quedar en ridículo, porque son tiernas e ingenuas. Otras veces nos hacen sufrir terriblemente.
Estábamos en cuarto de media, en clase de geografía, cuando hablábamos de aeropuertos. En cierta circunstancia, no recuerdo el detalle, surgió el tema de un vuelo nocturno. Claudia dijo: ¿Pero cómo, si los aviones no vuelan de noche… cómo harían para ver? Claudia es tonta, pero no tanto.


Son afirmaciones, fragmentos, nociones que hemos adoptado y asimilado, probablemente de muy niños, en esa época en que contemplábamos el mundo con los ojos abiertos y completamente huevones. Desde entonces vivimos con ellas. Subsisten y permanecen latentes hasta alcanzar el momento fatal de meternos cabe, sea para que otros se rían de nosotros o para sabotear nuestra sobria elegancia. Porque más allá de mis ejemplos totalmente triviales, no siempre es algo superficial, dulce, risible, a veces son parámetros que afectan duramente nuestras formas y sentimientos. Como siempre, la distancia entre lo ligero y lo desgarrador no es más que aparente.


Yo he vivido años o meses, días enteros en desasosiego, pensando que sólo podía ser de algún modo, que debía sentir de algún modo (y no de otro), estando segura de que estaba hecha de una manera específica, y quizás solamente porque en algún momento, cuando más frágil fui, aquello se incrustó en mi. Luego descubrí nuevas libertades al ver expuestas, como servilletas limpias volándose de una mesa en el viento, todas mis suposiciones. Descubrí que podía reír de otro modo, mirar y hablar de otro modo; hasta descubrí que podía querer de otro modo, más risueño, más hondo, contemplativo y silencioso.


Podemos trascender nuestras historias, o combinar muchas, mutarlas, perturbarlas y también olvidarlas. Idealmente, una vida debiera ser la suma de todas sus historias posibles. Y en la realidad yo trato de que la mía al menos sea la mezcla desordenada y bella de muchas.


Lo único divertido de esta observación es que esta deliciosa o peligrosa encarnación de la cojudez puede atrapar a cualquiera. Hace unas horas hablábamos yo y Álvaro, cuyo hermano es fotógrafo, de un trabajo que tuvo su hermano. Estuvo en un asentamiento humano y mientras cagaba en una letrina de esteras, le robaron la cámara, los lentes y la billetera. Yo le dije: ¿Qué?, pero si a los periodistas no les roban.

Álvaro se quedó mirándome, confundido.